A VECES HABLAS DE MI

Hace unos días hablé de mi amiga María Xosé en mi post Algunas veces hablo de tíHoy ella ha querido explicar su experiencia conmigo. Merece la pena dar a su comentario rango de post porque describe a una persona asperger cuando no sabe que es asperger y con la visión de quien se encuentra con alguien tan diferente y valora a la vez sus dificultades como sus virtudes.

No soy tan perfecta ni admirable como ella dice pero…

es que me quiere…

MXP Y YO

De María Xosé Porteiro para Carmen Molina y todas las personas que leen este blog.
1º) Carmen Molina tiene una voluntad de hierro y un conocimiento racional y empírico notable de las cosas con las que tiene que lidiar en su trabajo y en la vida diaria, además de una curiosidad insaciable y una mente privilegiada.

2º) Muchos años antes de nuestro primer encuentro a mediados de juio de 2009, ella llevaba toda una vida moviéndose en entornos convencionales para los neurotípicos, donde consiguió hacer una carrera profesional excelente pero estancada en un peldaño intermedio del que no conseguía arrancar. Cuando comenzamos a tratarnos observé que había algo en su comportamiento que podía ser una barrera que ella no sabía apreciar: era áspera y poco -o nada- empática a la hora de resolver conflictos, lo cual hacía casi imposible que se hiciera entender por sus superiores o por sus subordinados, en la difícil tarea de ser la subdirectora del Museo del Ferrocarril de Madrid. Pese a todo, tuvo “instinto de supervivencia” y caminó un largo trecho de socialización a base de darse cabezazos contra la pared (esta es una expresión que habría que explicarle a un “aspi” para que no la tome al pie de la letra = significa aprender a socializarse a base de experimentar y descartar las actitudes que no dan resultado).

3º) Cuando me nombraron directora del Museo quedé deslumbrada por su inteligencia y capacidad para ofrecer soluciones a los problemas en los que el componente emocional no era necesario. Por ejemplo, cambiar una puerta de cristal y metal de dimensiones y peso ciclópeos que se había roto a primera hora de la misma mañana en que tenía que hacer su salida el Tren de la Fresa. Ella supo a quién había que llamar, a quién no tenía que escuchar y dió las órdenes precisas y concisas para que todo estuviera en orden pocas horas después. Eso sí, sin inmutarse.

4º) A medida que nos fuimos conociendo, me desconcertaba su falta de respuesta a los conflictos personales con algunos de los trabajadores del Museo; su incapacidad de valorar los efectos de algunas decisiones que podían tocar puntos muy sensibles de la personalidad o del carácter de otros, o su rigidez con quienes no entendían -a la primera- su visión casi siempre correcta de la resolución de un problema. Cuando algo era obvio para ella, luego de analizarlo, no comprendía que no todo el mundo llegase a su misma conclusión. Cuando alguien se comprometía a hacer algo y no lo hacía, le parecía incomprensible e imperdonable. Si alguien le daba una opinión, no podía imaginar que podría estar engañándola o intentando manipularla y al descubrirlo, unas veces respondía con enojo y otras con un desconcierto que la paralizaba.

5º) En cambio, se comunicaba más que correctamente por escrito, casi siempre por e-mail, incluso con personas que se sentaban a pocos metros de su despacho porque el trato face-to-face le hacía sentir incómoda. Con el tiempo comprendí que no era capaz de interpretar el lenguaje no verbal y por eso lo escrito le daba la seguridad de no equivocarse.

6º) Al cabo de algunos meses trabajando con ella y observando su relación con los demás, identifiqué este rasgo de su dificultad para la comunicación como la barrera que impedía que subiera más peldaños profesionalmente. No dudaba en enfrentarse con sus superiores sin contemplaciones cuando estaba segura de tener razón. Diplomacia, empatía, observación del entorno y búsqueda del momento adecuado para una negociación, eran terrenos ignotos para ella, con lo cual, muchas de sus geniales ideas se acababan convirtiendo en frustraciones.

7º) En un momento dado, le propuse un traslado para que me acompañase a otra Dirección en la Fundación donde trabajábamos. La sola idea de irse a otro lugar y a un nuevo trabajo, aún manteniendo las mismas funciones (y prometiéndole una subida de salario que luego fue casi imposible de conseguir) la trastocó terriblemente y por primera vez observé que tenía un miedo, próximo al pánico. a los cambios, sobre todo si le parecían drásticos.

8º) A partir de ese cambio la situación emocional de Carmen Molina en el plano laboral fue de mal en peor. Se acentuaron sus actitudes de aislamiento y fobia a las reuniones o encuentros con los nuevos compañeros y cada poco tiempo me pedía que le encomendase trabajos concretos, porque creía no estar haciendo nada. Yo le repasaba las notas de mi agenda con todo lo que le tenía encomendado o había hecho en la última semana y me miraba desconcertada, supongo que pensando que aquello no era “nada” porque su propia diversidad le impedía llamarlo de alguna forma concreta o sentirse dentro de una función bien definida y determinada, algo muy difícil de encasillar para quienes trabajamos en comunicación…

9º) El día que le dije que, una vez más, tenía que salir urgentemente a mi ciudad de origen por un empeoramiento de la salud de mi padre y le pasé la agenda de personas a recibir, gestiones que hacer, etc., etc. vi su cara de: “eso lo va a hacer tu tía Frasquita” pero antes de que lo verbalizara y, ante su sorpresa, me eché a reir. Ya la conocía lo suficiente como para saber que le estaba pidiendo mucho más de lo que ella podía hacer por experiencias anteriores, pero estaba tan segura de su capacidad y de que lo que le ocurría era algo que tenía que tener un origen psicológico, que le dije anticipándome a su segura petición de que la eximiera de sustituirme por dos días: “No te preocupes, lo único que tienes que hacer es venirte para mi despacho, sentarte en mi silla y hacer lo que cada día me ves hacer a mi, pero también intentar tener la misma actitud e incluso los gestos y recursos que utilizo en las relaciones con los demás. Sonríe mucho, saluda tú la primera a toda persona con la que te cruces, habla con buen tono y buen humor -también por teléfono-, y da las gracias a todo el mundo, aunque no venga a cuenta. Y si no sabes qué decir o hacer, pide tiempo a tu interlocutor para darle una respuesta unos días después. En resumen, IMÍTAME, que tienes mi permiso para reirte de mí todo lo que quieras mientras lo haces. Las dos estallamos en una carcajada y como le hizo gracia, se lo tomó a pecho y cumplió con el programa.
10º) Según Carmen cuenta en su post, ese día cambió su vida y parece ser que para bien. A mi regreso me contó los resultados increíbles que había obtenido y me picó la curiosidad. Atando cabos, leyendo todo lo que encontraba sobre personas con dificultad para la comunicación, encontré información sobre el Síndrome de Asperger. Recordé personajes de ficción como House o la Dra. Temperance Brennan (Bones) y encontré suficientes similitudes con Carmen como para atreverme a sugerirle que tal vez podría consultar con algún experto si ella tenía, en mayor o menor medida, este síndrome.

11º) Lo que sucedió después ya es historia personal de Carmen que ella contará cuando quiera y crea necesario. Mi papel terminó ahí pero nuestra amistad se consolidó para siempre. Hoy creo que conocerla ha sido un regalo excepcional que la vida me ha dado por lo mucho que me enseñó, aunque ella crea que haya sido al revés. Por eso es una de las personas a las que he dedicado, expresamente, mi libro “Vine, vi… y hablé! Las mujeres ante el discurso público” y por eso la apoyo, con todas mis fuerzas, en su extraordinario empeño de ayudar a esas personas que otros discriminan por considerarlas “raras”, y que son, sencillamente, diferentes. Estoy segura de que su aportación será enorme y el tiempo le dará la razón.

María Xosé Porteiro es una buena periodista y una gran comunicadora social. Me ha enseñado mucho y hemos sido fieles a nuestras respectivas personalidades. También hemos pagado un alto precio por ello. 

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