Un tío con tetas

Hoy es el Día Internacional de la Mujer. Y he estado esperando a este día para publicar un antiguo escrito, que por primera vez convierto en post para un blog (cuando se escribió, esto de los blogs no se había inventado). Hablo de cómo ser mujer, y de cómo ser asperger, todo reunido en un solo ser vivo. Si el lector encuentra cierto tono jocoso en el título, entienda que solo desde el más profundo dolor surgió tal encabezado. Y lo explico. No es fácil ser mujer si no manejas las armas femeninas si por fuera tienes un aspecto y tu estilo comunicativo no responde a ese estereotipo. Esto ha sido una permanente en mi vida. Fuente de desencuentros personales y origen de rechazos violentos en mi entorno laboral. 

La sociedad NO PERDONA LA DIFERENCIA. Una vez trabajé en una empresa hipermasculinizada en la que se pedía a la mujer que fuera femenina en el peor sentido del estereotipo, que fuera sumisa, dulce, sometida al intelecto masculino…. o que lo pareciera. Yo no era femenina, ni boba, ni sumisa y no quise parecerlo. Me convertí en el elemento a eliminar. Y sí, fui eliminada. Con el aplauso de mis compañeras que tampoco podían perdonar que alguien diferente triunfara.

Averiguamos por qué he titulado este post Un tío con tetas?. Dedicado a los hombres que están siendo un engranaje decisivo en el apoyo a la mujer, y dedicado a mis compañeras y amigas en mi entorno vital actual que aceptan y aplauden mi diferencia como yo aplaudo acepto la suya. Y especialmente a Daniela con quien me veis en esta foto. ¿Quien es quien? Chicas, juntas en un programa de emprendimiento social, empresarias luchando por mejorar la sociedad. ¿De verdad somos  tan diferentes?

Un tío con… tetas. daniela y carmen2

En los tiempos que corren afortunadamente ya cada vez menos personas en un entorno social occidental, discuten el concepto de igualdad de derechos entre los sexos. Al menos en la teoría, la vida diaria no es así pero se va, lentamente, hacia ello.

Tampoco, creo yo, que deba discutirse, sino estudiarse, reconocerse y poner en valor, la diferencia de funcionamiento del cerebro femenino y del masculino. Porque es una realidad imposible de ignorar, y porque debe ser el motor que construya el mundo.

Dicen los estudios que el cerebro asperger, explicado vulgarmente, opera en unos parámetros ‘masculino-extremos’. De ahí que se busque persistentemente la adaptación a esquemas, la rigidez en las concepciones, la parquedad en el uso del lenguaje, la dificultad para la empatía y para comunicar las propias emociones y sentimientos…

No quisiera hacer un tratado neurológico, ni siquiera que parezca que sé algo acerca de la mente humana, cuando tengo dificultades para entender la mía. Sin embargo, quiero contar una de las decenas de anécdotas vitales que ilustran este modo de entender las relaciones, que yo pensaba natural y que parece ser sorprendió y sorprende a los que me han rodeado y rodean.

Pensemos el escenario. Finales de los ochenta en España. Efervescencia reivindicativa social. Emergencia de la lucha sindical, y yo con veintipocos en medio de ese escenario. Veía, con mi habilidad natural, lagunas legales, derechos mal aplicados o no reivindicados, errores de reglamentación, y todo ello a una velocidad extraordinaria. Podía montar argumentos irrebatibles en una hora, dar pie a una inspección laboral en un día, organizar una ‘revuelta’ incómoda para la empresa con una facilidad natural en mí y sorprendente a ojos de los demás. Eso hizo que uno de los sindicatos mayoritarios del país me implicara en las reivindicaciones de mi grupo  empresarial en el mayor centro operativo de España.

No problem. Yo nunca hablaba, nunca me dirigía al público ni trataba con nadie. Sólo planificaba. Mi escenario era el comité interno del sindicato, en el que me encontraba cómoda para expresarme. Había en ese entorno gente diversa. Todos hombres, todos entusiasmados de encontrar una jovencita atractiva entre sus filas. Todos pensando que lo iban a pasar en grande con una ‘chavala’ a su lado. Nada más lejos de la realidad. Yo no he sido nunca feminista exaltada, aunque defiendo y defenderé el derecho a la diferencia, y la no preeminencia de ningún sexo, raza o religión sobre otro u otros. Simplemente, en aquel momento, fui aspie sin saberlo. Hablaba el mismo lenguaje que los ‘hombres que se visten por los pies’. El mismo lenguaje corregido y aumentado, debo añadir. Me entendía con ellos en su mismo idioma, aunque yo incluso podía ir más lejos. Esto generaba importantes conflictos, de índole machista, en primera instancia, y derivados de la inseguridad de quien se ve batido argumentalmente por una chavala que podría ser su hija.

Desorientación, rechazo y crítica ante lo que nos inquieta. Estigma. Incluso, como en este caso, si eso que nos inquieta nos está a la vez favoreciendo. La cosa acabó cuando tras un acalorado debate un compañero encontró la frase que resume mi experiencia sindical: “con esta no se puede, es un tío con tetas”.

Y efectivamente no pudieron. No pudieron aceptar que no fuera femenina como se esperaba, no pudieron aceptar que mis frases fueran más cortas y demoledoras que las suyas, no podían tener al lado un ‘hombre’ más hombre que ellos.

Aquí acabó mi etapa sindicalista, cortada de raíz por mí. Al más puro estilo asperger, sin sentimiento de pérdida ni empatía hacia quienes me pidieron que volviera. Sin lamentar la pérdida de unas relaciones con humanos de los que en menos de un mes no recordaba caras ni nombres.

NOTA FINAL. Aunque pueda ponerse en duda, por el contenido de este capítulo, soy convencida defensora de los derechos de la mujer. Soy y me siento mujer. Aunque no coincida con el estereotipo femenino, soy esposa, amante y madre, en género femenino. Y me gustaría reivindicar también esta feminidad para la mujer con síndrome de asperger, que además de estar en un círculo neurológico atípico, es (paradoja de la naturaleza), y una vez más, minoría en este círculo.

 

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