Mi padre: ¿un asperger?

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Lo verdaderamente llamativo de mi padre eran sus ojos. Oscuros, profundos y muy brillantes. Los tengo en mi mente, siento cada día que me siguen mirando. Sentiré cada día que están conmigo. Hasta que ese día sea el último. Para mí. Porque hace tiempo que él ya no está.

Mi padre era serio, circunspecto. Decían que nunca nadie le había visto reír a carcajadas. Yo compartí cuarenta y cinco años de vida con él, y hasta donde llega mi recuerdo, nunca le vi reír. Sonreír, sí, casi a escondidas como avergonzándose de ello. Sin embargo no era triste, y siempre irradiaba una seguridad que resultaba con frecuencia irritante. Decía lo que estaba bien y lo que no; lo que se debía hacer y lo que no. Y daba por hecho que cada engranaje de su maquinaria familiar tenía que funcionar como se esperaba. Dirigía la casa con la mirada. Con esa mirada que nadie, salvo yo se atrevía a contestar. Quizás porque todos en casa, sabían entender cuanto mi padre decía o callaba.

Salvo yo, y no me importaba. Éramos dos piedras rodando destinadas a encontrarse y chocar. Y pobre de quien estuviera en medio. Entre mi padre y yo hubo palabras brutales, desdenes inmensos, ausencias y silencios que matarían a cualquiera. Los dos éramos iguales y opuestos a la vez. Los dos, en un mundo distinto al de los demás, del que desconocíamos todo. Creyendo firmemente que nuestras ideas eran las correctas. Sin dar paso atrás y sin percibir nunca si lo que decíamos molestaba a alguien o no.

– A tu padre habría que picarle la lengua. Decía mi madre cuando él, sin mayor miramiento, le describía algo que no le gustaba en ella, en sus relaciones o en sus allegados.

Y yo le aplaudía.

Mi padre se iba diciendo que no se podía estar con mi madre, y yo diciendo que mi madre era insoportable. Y la pobre, sin saber a qué atenerse, se refugiaba en mi hermana, quien sin duda, gozaba y goza de otra percepción.

Mi padre fue el referente de mi vida. Las mayores equivocaciones las cometí para complacerle, para que me quisiera y me aceptara. Escondí mi personalidad todo lo que pude, lloré por sus palabras y por las mías, por sus silencios y por los míos. Nunca en más de cuarenta años nos abrazamos, nunca nos dijimos una sola palabra de cariño. Aunque nos apoyamos con gestos que nunca nadie apreció. Me gustaría dar testimonio de dos que ahora me vienen a la memoria.

Parece que hace mil años que yo era una madre casi adolescente, sola, luchando por sacar adelante a mi hijo de un año, con tres trabajos que no sé cómo podía compatibilidad. Sin cenar la mayoría de los días, y sin comer muchos. No decía nada a mis padres, a pesar de que vivíamos a pocos metros. Todo estaba bien. Sin embargo, cada día, desde mediados de mes se producía una casualidad de la que nunca se habló. A las seis de la mañana, cuando yo iba a coger el autobús para ir al trabajo, el azar quería que mi padre se encontrara en esa parada. Y también el azar quería que subiese primero al autobús, y que pagase, cada día mi billete. Gracias al azar, todos los días yo reservaba ese dinero para desayunar. Nunca dijimos nada.

Años después, cuando mi padre quedó ciego, pasaba horas en un pequeño taller en el que durante años dio rienda suelta a su pasión por el trabajo en la madera, en el que fue gran especialista, autodidacta, y que nada tenia que ver con su desempeño laboral. Acariciaba las máquinas, abría y cerraba, colocaba y descolocaba botes con tornillos, enrollaba cables y mantenía un silencio del que ninguno parecíamos darnos cuenta.

– Papá, hacemos un caballo?. Mi hijo era pequeño y había más niños en casa, así que un caballo de madera era una idea fantástica. Compramos un tablón y yo dibujé una magnifica cabeza de caballo, una silueta armoniosa, una cola elegantísima y un balancín.

Corté las siluetas y él las lijaba durante horas, sin decir palabra, frente a mí que lloraba porque él ya no me veía. Por fin estuvo listo. Y estábamos tan orgullosos, que nadie escuchó a mi hijo cuando dijo:

-‘Este caballo no sirve, te caes’. Yo había hecho una curva tan pronunciada en el balancín que era un jugarse la vida subirse al caballito. Así que ahí sigue el caballo mirándome con una solemne expresión de asperger, y recordándome que cada zapatero ha de ir a sus zapatos.

No me importa. Yo sonrío y lo acaricio recordando que mi padre por unas semanas sintió que todo estaba en su sitio. Tampoco hablamos nunca de esto.

Este es el mundo asperger en su cara más triste. Habrá tantas familias que si lo piensan pueden contar historias parecidas….
Y habrá tantas historias que nunca serán contadas, tanto amor que pase en silencio, tantas miradas como gritos silenciosos en busca de amor. Este es, sin duda el lado oscuro del asperger.

A mi la vida me dio una ultima oportunidad haciendo que mi padre se despidiera de nosotros con una lentitud agónica. Padeció un ictus cerebral del que nadie esperaba que saliera. Durante días y noches de hospital yo le susurraba al oído cuánto le quería y le pedía una y otra vez que volviese para abrazarme. Mi padre volvió, casi sin fuerzas, sin poder hablar y sin poder moverse. Con una sola mano casi paralizada nos abrazaba. Con una boca torcida besaba y en un lenguaje que solo yo podía entender me dijo durante seis meses de mi vida ‘te quiero’.

Cada día en algún momento pienso en él y a veces corro a abrazar a mis hijos y a decirles que les quiero. No están acostumbrados y nos damos abrazos tensos, porque el tacto es para mí un sentido difícil de manejar. No quiero esperar a tener un ictus y que mi cerebro de asperger sufra un shock para decir cuánto quiero a aquellos a los que quiero, aunque me digan ‘jo mamá, a que viene esto?’

Carmen Molina Villalba (Gestor Cultural, Presidenta de la Asociación Sinteno, Persona con Síndrome de Asperger)

2 pensamientos en “Mi padre: ¿un asperger?

  1. Qué bonito, y qué casualidad, mi padre era igual, sin palabras me decía lo mucho que me quería y al igual que el tuyo sufrió ictus, me dejó ayer a las 2 de la madrugada, me siento tan identificada contigo que puedo sentir cada palabra que escribes. Un abrazo.

  2. Mi padre murió hace año y medio. Yo tengo actualmente 43 años. Mi padre y yo nos queríamos pero también había muchas diferencias pero sabíamos “leernos sin palabras”.

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