Cáscaras

cascaras de nueces

De vez en cuando contactan conmigo estudiantes de diversas áreas sociales que tienen interés en el autismo y las personas TEA.  Esto me gusta porque refleja que en las universidades algo se va moviendo; y refuerza mi esperanza de que dentro de una o dos generaciones  el autismo en todo su espectro será, al menos reconocido si no naturalizado en la sociedad del futuro.

Ayer conocí a Y una estudiante de didáctica de museos. Al final de nuestra charla acabamos encontrando muchos puntos de encuentro entre personas autistas y neurotípica, y esto parecía entusiasmarla. Yo quería hacerle descender a la tierra  y que comprendiera que la idea del encuentro universal de la humanidad en la diversidad no es más que la perfecta utopía. Aunque, como acostumbro a decir, nunca conviene perder del todo la utopía, pero uno no puede instalarse permanentemente en ella. Me fui con la sensación de no haberlo conseguido y hoy me he levantado con el término ideal para explicar que sólo una pequeña parte de la humanidad está lista para aceptar la diversidad. El resto son cáscaras.

Yo, igual que todos los TEA, pienso en imágenes, nada de conceptos ni palabras. En mi mente, el mundo está lleno de seres semovientes que se autodenominan personas, humanos, hombres y que tienen el aspecto de una cáscara de nuez cuando la has abierto por la mitad y has sacado el fruto, con sus patitas y brazos. Me gusta observarlos, casi todos parecen seres rellenos de algo gelatinoso o incluso rellenos de aire: cáscaras. No construyen ni un solo pensamiento propio en todo el día. Se limitan a actuar como objetos programados, frutos de un cluster erróneo dada la frecuencia con la que se colapsan.

Nos llaman autómatas a los TEA y no se dan cuenta de que los verdaderamente programados son ellos: programados para producir cada día al servicio de organizaciones superiores que son las verdaderamente beneficiarias de su trabajo. Programados para que sus aspiraciones se reduzcan a un nuevo traje a la moda, un nuevo mobiliario en casa o unas vacaciones en la playa. Pocos aspiran a crecer en su interior, a desarrollar sus capacidades intelectuales, a aprender, a rellenar, en fin, su cáscara.

Por eso me gusta ser autista. Mi diferencia me obliga a vivir en minoría, a tener ruido interior en un entorno ensordecedor de cacareo social. El estigma con el que pretenden aislarme es el motor que me hace crecer cada día. Creo que tengo suerte.

Os propongo, lectores del grupo de los llamados normales, un reto:

Solo hoy……

P    ara

O    bserva

P    iensa

A    ctúa

 

P      ara

Detén el ruido social de tu cabeza y de tu día.

O bserva

Qué parte de tu día ha pasado en medio de ruido, de comunicación vacía, de cáscara que no te ha aportado nada. Mídelo en horas.

P  iensa

Si viviera 80 años, cuánto tiempo habría dedicado a hacer simplemente ruido

A   ctúa

Si quieres, y sólo si quieres, recupera tu cerebro; reconócete, crece, aprende. Abraza tus sensaciones y tus sentimientos, hazlos tangibles,  piensa que , como dice el título de la película nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto. Intenta, solo hoy, ser un poco menos cáscara.

 

Voy a dedicar este post a dos ejemplares magníficos que he tenido por compañeras de viaje en mi trayecto diario en tren de Cercanías. 45 minutos continuados de tonos chillones, braceos, conversación insustancial, ruido, ruido, ruido… Y todo ello a las 7 de la mañana. Ni siquiera mis tapones para los oídos han podido con ello. Creo que nunca serán otra cosa que cáscaras. Probablemente serán felices con ello.

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