Indignos

 

indignos

Hace unos días César me enseñó un nuevo uso de la palabra ‘indigno’. Dice que todos elaboramos indignos en nuestras vidas. Se llaman así las personas a las que no consideramos aptos para estar a nuestro lado, para compartir nuestro tiempo o nuestro espacio. Les tratamos mal sin saber quiénes ni cómo son; simplemente por el hecho de que los hemos catalogado. Un indigno no nos vale; no lo queremos cerca. Lo despreciamos, simple y llanamente.

Crear un indigno es algo que hacemos de forma personalísima, fuera de raciocinio alguno al respecto. He aquí un individuo que de algún modo entra en nuestro círculo de relación, y sin cruzar más allá de una mirada o dos palabras, ya recibe el título, y es tratado como tal.

Luego contaré el final de la historia. Ahora me quiero parar a reflexionar sobre cómo la sociedad cataloga al diferente de ‘indigno’. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, indigno es todo aquel inferior a la calidad o mérito de alguien. Con demasiada frecuencia la sociedad considera al diferente como inferior. No importa si ese diferente lo es por raza, por cultura, por estatus o por discapacidad. La generalidad se constituye en paradigma y todo lo que no se ajusta al patrón nos produce, como mínimo cierto repelús.

Mil veces he experimentado el momento en que pasas de ser uno más a convertirte en un indigno. Sucede cuando, armándote de valor dices en un entorno social: yo no soy como vosotros, yo soy autista. Automáticamente pasas a ser observado con recelo. En un momento, la complicidad que te incluía en el grupo se transforma en distancia. Te has convertido en un ser transparente, humo entre los que te rodean.

No estoy siendo derrotista, no me vengan con cuentos sociales. Lo cierto es que esto que yo describo, no deja de enmascararse, de tal forma que hay gente que mira al suelo o detrás de tu cabeza, otros sonríen sin saber que pone cara de bobos, otros al fin, te dan una palmadita como para insuflarte ánimos para que puedas soportarte a ti mismo. Vivimos en una sociedad tan hipócritamente correcta que encontramos labios que dicen ‘no importa’ a la vez que los ojos dicen ‘indigno’.

Sin embargo, César me ha dado una buena noticia: es la actitud lo que etiqueta de indigno a una persona y es también la actitud la que deshace esa etiqueta. Lo que pasa es que hay que trabajar, para ver al otro con sus ojos y no con los nuestros; para comprender su valor; el suyo, que no el que nosotros le daríamos. Hay que desnudarse y mirar de frente. Hay que cuestionarse a uno mismo y a lo mejor, solo a lo mejor, delante de nosotros empiezan a desaparecer los indignos y aparecen seres humanos diversos, perfectos en su diferencia, repletos de belleza y dignidad aunque no se parezcan a nosotros.

Con otra actitud, no hará falta poner una distancia entre mi ‘yo’ perfecto y el ‘tú’ defectuoso. Con otra actitud sobrarían las caridades y las compasiones y crecerían los derechos, el aprovechamiento de las capacidades diferentes, y seguramente, tendríamos una sociedad no sólo más justa sino también más productiva, más eficiente y mejor para todos.

Mas aun nos queda lejos la utopía, aunque yo me niego a eliminarla del todo en mi horizonte. Y les animo a que cambien sus indignos por iguales cambiando, simplemente su actitud.

Gracias César, por tu lección.

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