Discapacitis: la inflamación de la discapacidad

Hace un tiempo escribí sobre lo que el asperger ha aportado a mi vida. Me refería a cómo la toma de conciencia de mi condición autista había provocado cambios en mi vida. Hace meses que me vienen a la cabeza, de una forma intermitente, mil cosas que no me trajo el asperger.

Cuando tenemos una diferencia, de la clase que sea, tendemos a ver la vida con un filtro determinado, hasta el punto de que llegamos a pensar que todo lo que somos está determinado por esa diferencia. A menudo digo que un día vamos a encontrarnos con que ha subido la gasolina y vamos a pensar que eso ha pasado porque somos autistas. Yo le llamo a eso la discapacitis. Consiste en poner el foco en nuestra diferencia, en clave de dificultad, y justificar todo lo que no conseguimos por ello. Nos lo enseña nuestro entorno tan pronto como somos etiquetados, y nosotros, con frecuencia, nos recreamos en ello.

Si eres un temeroso, un dejado, un pesimista o un introvertido, no es por ser autista, es porque tu naturaleza tiende a ello, o porque nadie te ha dicho que puedes ser muchas otras cosas, y si te lo han dicho no has querido creerlo. Si eres una persona apasionada, vitalista, optimista, alocada, no es por ser autista, es porque tu esencia de persona está dotada de esas características, y porque nadie nunca te ha dicho que eso es egoísta, irresponsable o poco serio, y si te lo han dicho, no has querido creerlo. Ni unas ni otra formas de ser son en sí positivas o negativas. Todo dependerá del uso que hagas de ellas.

Sentirse inferior cuando llevas una etiqueta es el camino fácil. Te lo enseñan desde que te llevan a una atención temprana, a una educación especial, a un ‘deja al niño que ya sabes lo que le pasa’. No siempre, pero sí a menudo, se espera de ti menos que lo que se exige de tus hermanos o de los otros compañeros de clase. Se olvidan de que tienes capacidades, para solo enseñarte con detalle cuál es tu dificultad. Y lo que es peor, hacen que tú te olvides de tus fortalezas.

Hace unos días un alumno autista en una clase de secundaria me decía: ” lo que me gusta de ser autista es que todos me ayudan”. Tardé, siempre tardo, unos días en darme cuenta del alcance de lo que me había dicho. Se estaba gestando un caradura. Sí, señor!, o dicho de forma más suave, un enfermo de discapacitis.  Un chaval pleno de capacidades se dejaba solucionar la vida por terceros, y dejaba pasar el tiempo recibiendo, sin esforzarse y sin dar nada a cambio. Y sus capacidades? Esas que seguro tendrá a pesar de su condición autista? Dormidas, amputadas, bajo una manta de compasión, ternura, solidaridad o como cada quien guste llamarlo.

Todas las personas autistas somos seres humanos plenos, y por tanto, con personalidades propias, con deseos, sueños y metas propios. También con fallos, miedos y defectos. Todos nacemos hombres y mujeres completos, y no sé en qué momento de la vida de cada cual, aparcamos nuestra identidad para ser un estereotipo, para dejar que sean otros los que escriban el libro de nuestra vida, para mecernos a veces suavemente y otras ser arrojados contra las rocas, por las olas de una mar que no es el nuestro sino el de nuestros padres, profesores, terapeutas, tópicos, estereotipos y etiquetas: sociedad en general.

¿Sabéis qué no me dio el asperger?  No me dio mi rebeldía, mi libertad, mi deseo de vivir. No me dio mis ganas de tener una ‘habitación propia’ (como dijo Virginia Wolf). No me dio mi deseo de ser madre y mi ilusión por serlo, y mis dificultades y responsabilidades por haberlo sido. No me dio mi búsqueda de amigos y pareja ni mis fracasos y aciertos consecutivos. No me dio mi constancia en el trabajo, a pesar de tener momentos terribles y precarios, no me dio, en fin, mi madurez construida paso a paso en base a errores, a dificultades y a fracasos. Me dio, eso sí, la posibilidad de hacer todo ello desde mi condición personal: la de autista, la de mujer, la de soñadora, la de persona -en fin- que decide caminar por el mundo con lo que le ha sido dado, y no cargar con ello como el que lleva un gran peso a la espalda.

Nadie se compadeció nunca de mi. Ni en mi infancia solitaria, ni en mi juventud errática, ni en mi vida adulta dolorosa y difícil a veces. Y lo agradezco. Yo tampoco me compadecí más allá de los momentos puntuales en que todos contemplamos en el espejo nuestro cuerpo y nuestra alma en clave miserable. Nunca enfermé de discapacitis. Y nunca enfermaré; ya no. Porque ahora sé que pedir ayuda no es ser inferior, sino ser humano. Que explicar con la cabeza alta y sin pedir perdón que necesitas un espacio de trabajo adaptado, sin luces, sin ruidos, sin trasiego de personas, no es pedir favores sino exigir derechos. Y que levantarme cada día para aportar a la sociedad mis capacidades diferentes, no es locura, sino ejercicio de responsabilidad.

Nadie me aplaudió los éxitos como superación de una discapacidad, y yo nunca pensé que para mí todo fuera más difícil, aunque soy consciente que a veces lo es. No me di tiempo a poner el foco en la dificultad propia sino en la singularidad. Supe que no seguir el camino socialmente establecido tiene un precio pero lejos de asustarme por ello, me dije que tal vez y solo tal vez, enseñar que hay caminos laterales que también conducen al éxito y a la felicidad, era -es- una posibilidad. Con ello conseguí que en muchas ocasiones me dijeran que ‘ser autista es adictivo’. Yo siempre contesto ‘lo que es adictivo no es ser autista, lo adictivo es ser libre’. Y me gusta mirar a los ojos de mi interlocutor y dejarle pensando.

Porque ser diferente, ser autista, no es nada. Es, simplemente, una forma más de ser. ¿Cuándo acabaremos de entenderlo?

Carmen Molina

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