Entornos saludables en el autismo

 

 

 

 

El pasado 29 de mayo, tuve el placer de participar en la Jornada Autismo y Sanidad organizada por la Federación Autismo Madrid. Bajo el título Comorbilidad, Salud Mental y TEA. Yo intervine en la mesa redonda sobre autismo en la edad adulta. En una de las preguntas después de la ponencia en la que hablé de ‘entornos saludables’ me pidieron que explicara que entendía por tal. He elaborado este post para reflexionar de forma un poco más extensa sobre el asunto.

Dice la RAE en su primera definición sobre la palabra entorno: Ambiente, lo que nos rodea.

Nadie escapa a su entorno. Esta es la primera reflexión. De Perogrullo, me dirán. Aquellos que están en un entorno estupendo o al menos en el que se sienten cómodos, seguramente no se habrán planteado la necesidad, el deseo o el anhelo de escapar. Sin embargo, para las personas autistas, es ese entorno precisamente el origen de su malestar, de su dolor, de su angustia vital. ¿Saben por qué? Simple. Pongo ejemplos: porque ir en un transporte público en el que se aprieta la gente duele en la piel. Porque escuchar la megafonía de un centro comercial puede llegar a general  un severo ataque de pánico. Porque un colegio lleno de pasillos bulliciosos, de paredes cargadas de dibujos de mil colores, de cambios imprevistos, aplausos, gritos, carreras, hace imposible estudiar.

Cierren los ojos e imaginen. Alguien te toca cuando no quieres, te sientes violentado. Te mantienen con los ojos abiertos observando luces de neón que se encienden y apagan; quieres cerrar los ojos, pero no te dejan. Te hablan en un idioma que no entiendes y te gritan para que lo entiendas o te reprochan porque no sabes lo que dicen, o te aíslan porque no comprendes. Todo junto, cada día, todos los días del mes, todos los años de tu vida. Y un buen día te preguntan ¿tú por qué tienes ansiedad? Y te quedas pensando que SOLO puedes tener ansiedad.

Hagamos otro juego. Estamos, afortunadamente, en una sociedad occidental, europea, con preocupación por preservar valores y derechos (otra cosa es cómo y en qué forma se consiga). De esto debemos congratularnos. Hoy por hoy cualquier persona da por hecho que se ha de favorecer el acceso a los espacios públicos y semipúblicos a las personas con movilidad reducida. Extrapolemos al absurdo (pongo el ejemplo con el máximo respeto a las personas en silla de ruedas y con mi admiración por la lucha y superación de que hacen gala cada día). Imaginemos que vemos la siguiente escena: Una persona en silla de ruedas quiere entrar en un edificio al que solo hay un acceso por escaleras. Otro individuo le dice:

  • No te preocupes, vamos a entrenarte y te vas a poner de pie, vas a ser normal, porque aquí puede entrar todo el mundo. No te desanimes.

Y entonces le tienen durante meses explicándole cómo ha de mover las piernas (esas que su fisiología nunca le permitirá mover), y le hablan de músculos y nervios; y le ponen a que estire y encoja. Y cuando ven que no avanza pues le colocan unos arneses y unas prótesis exteriores que ni le dejan moverse ni consiguen que ande. Y al final, nuestro protagonista se desespera, piensa que no vale para nada, que nunca será normal y se deprime, aísla, tiene brotes de mal humor y enfado… ¡¡¡¡Vaya, lo mismo que le pasa a las personas autistas!!!!

Y todo se soluciona con una rampa. ¿Quién lo hubiera dicho?

La segunda reflexión que quería hacer tiene que ver con la toma de conciencia de que el entorno lo construimos entre todos. ¡Vaya! ¡Otra perogrullada!– dirá alguno. No tanto. Porque el entorno lo construyen las mayorías. Esas que dan por hecho que lo que ellos ven lo ven todos, que lo que ellos son lo son todos, que lo que ellos necesitan y quieren es lo mismo que quiere o necesita toda la humanidad. Son los mismos que te ponen cara de sorpresa y que no entienden cuando les demuestras que ves, oyes, o sientes lo que ellos no. O que razonas, piensas y comunicas de la forma que ellos no lo hacen. Son los mismos que te etiquetan, estigmatizan, aíslan o compadecen porque no tienes en honor de ser como ellos. Y los que quieren que seas normal, tan normal como lo son ellos, olvidándose que tú ya eres normal y perfecto en ti mismo, con tu naturaleza y todas y cada una de tus características.

¿Y ahora qué hacemos?

Construir. Vamos a construir un entorno social que no sea dañino para una parte de la población. Vamos a andar entre todos una parte del camino. Vamos a intentar encontrarnos en un punto equidistante, donde los esfuerzos de adaptación sean realizados por parte de las mayorías y de las minorías; porque hasta ahora, con apoyos o sin ellos, el esfuerzo lo están haciendo los más vulnerables. Creo que se ha pervertido el significado de la palabra inclusión para transformarla en algo parecido a una ‘acogida’. Te admitimos en nuestra sociedad; eres igual a nosotros. Ahora bien, ocúpate con tu esfuerzo en ser normal. Sin miedo a levantar ampollas voy a decir que eso es injusto, es intolerable, y me arriesgo a decir que vulnera los derechos más elementales del ser humano. No es justo querer curar a la persona de sí mismo sino apoyar a todos y cada uno en su diversidad y en sus diferentes capacidades porque no hay un solo individuo en este  mundo que no sea valioso en sí mismo.

¿Hacemos rampas para autistas?

Pienso bastante en esto. Una rampa para autistas, o lo que es lo mismo, un entorno saludable tendría en cuenta:

  • Las agresiones sensoriales, dotando a los espacios públicos de salas de silencio y aislamiento sensorial. Igual que hay salas de lactancia, por ejemplo.
  • Que es necesario crear espacios de escolarización y laborales con horarios adaptados, alejados de las horas punta de las grandes ciudades (esto ayudaría muchísimo a la conciliación familiar de la que tanto se habla: doble beneficio)
  • Que debemos enseñar en las escuelas que hay diferentes modos de comprender y comunicar. Los autistas aprenderían a hablar ‘social’, pero mantendrían su forma de comunicación natural. Los NT harían lo mismo a la inversa.
  • Que existen pensadores visuales, y que las señaléticas han de ser gráficas, aunque sin abrumar, porque las personas autistas tienen otros niveles de percepción de los datos visuales y otros tiempos de procesamiento para la información inmediata.

Ejemplos, digo yo. Utopías dirán ustedes. Yo he probado estas cosas en mi casa y en mi entorno laboral, las he probado también en las visitas a museos que hemos diseñado en la Asociación Sinteno, que tengo el honor de presidir. Y no han temblado las estructuras de la sociedad (si me permiten la ironía). Incluso hay compañeros que celebran la diversidad y que recurren a mis ‘potencialidades’ para apoyarles. En mi familia tenemos la suerte de ser bilingües. Me siento orgullosa cuando alguno de mis hijos o hermanos  me dicen: Eso es en tu idioma, en el nuestro se dice así a ‘asá’. Debo admitir que no es fácil, que nunca va a serlo, que unos y otros nos sentiremos incomprendidos, indignados, unas veces dolidos y otras desesperados. Sin embargo, ¿no les parece que merece la pena no perder de vista la utopía?.

Pues ahí, cerca de la utopía, a mitad de camino entre su mundo y el mío; justo ahí nos encontraremos, si ustedes quieren.

 

Me gustaría dedicar este post a los profesionales sanitarios del autismo: a los  que se esfuerzan cada día en la investigación por comprender de dónde procede esa diversidad, porque algún día llegarán a saber que los autistas no somos producto de un fallo natural sino que somos naturalmente diversos; a los que ayudan a soportar esos entornos difíciles porque a veces a ciegas y a veces iluminando, mejoran la calidad de vida de las personas TEA. Y en concreto, a la Federación Autismo Madrid, por permitir que no se hable de autismo sin escuchar la voz de los autistas y muy cariñosamente al doctor Celso Arango quien con una conversación de dos minutos me recordó la humanidad de la sanidad relacionada con la salud mental.

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Proposición No de Ley sobre Mujer y Asperger en el Congreso de los Diputados

El pasado 19 de mayo, el Grupo Parlamentario Socialista registró en el Congreso de los Diputados una Proposición No de Ley sobre las necesidades de apoyo y visibilidad de las mujeres con Síndrome de Asperger en nuestro país. Desde Sinteno estamos muy satisfechos de haber participado en primera persona en la elaboración de dicha proposición. El equipo encabezado por la Diputada Aurora Flórez, contactó con la presidenta de la Asociación, Carmen Molina, para recabar su apoyo, dada su condición de mujer y asperger. Hemos trabajado mano a mano con el grupo socialista a fin de que el documento presentado refleje de la forma más precisa posible las necesidades reales de las mujeres autistas en general y su doble estigma , no sólo por ser una minoría dentro del espectro del autismo sino por encontrarnos en una sociedad con un fuerte sesgo de género sanitario y en el que tanto los diagnósticos como las terapias se orientan al fenotipo masculino del autismo. Poniendo en valor estudios como el realizado por el equipo de María Merino en Autismo Burgos y los de Autism in Pink a nivel Europeo

En la Proposición no de Ley presentada se solicitan las siguientes actuaciones:

  • Realizar estudios estadísticos con trazabilidad en el tiempo, incidiendo en la perspectiva de género ya desde las etapas iniciales de la vida del individuo.
  • Fomentar los estudios de TEA-ASperger con perspectiva de género tanto en personas adultas como en la edad infantil.
  • En base a los estudios realizados, modificar criterios de diagnóstico para adecuarlos a las manifestaciones del espectro autista en niñas y mujeres con asperger
  • Incorporar en los protocolos de detección de acoso, abuso y violencia, en todos los ámbitos (escolar, sanitario, laboral etc) las especificidades que presentan las niñas y mujeres con TEA/Asperger.

Esta problemática es puesta de manifiesto cada vez con mayor intensidad desde los colectivos autistas femeninos donde se encuentran ejemplos de cada vez más mujeres que alzan la voz para pedir visibilidad, diagnósticos específicos y conocimiento y respeto a la condición de autista/asperger y mujer por parte de la sociedad, del sistema educativo y del terapéutico y sanitario.

Agradecemos especialmente a la diputada su interés por recabar la participación de las personas autistas. Desde Sinteno defendemos que han de ser las mujeres y hombres dentro del espectro los que se autorepresenten y se conviertan en colaboradores y apoyo de terapeutas, profesores y psicólogos. De este modo ganaremos todos.

Para saber más:

https://www.redaccionmedica.com/secciones/sanidad-hoy/el-psoe-pide-perspectiva-de-genero-en-el-diagnostico-de-asperger-en-mujeres-3670

http://www.autismogalicia.org/index.php?option=com_content&view=article&id=515:revista-maremagnum-xix&catid=70:maremagnum&Itemid=1&lang=es

http://autisminpink.net/

https://denaranjayrojo.wordpress.com/2017/03/07/brecha-de-genero-en-el-autismo/

http://semanal.cermi.es/noticia/opinion-mujeres-TEA-doble-discriminacionc-cristina-paredero.aspx

Brecha de género en el autismo

Como cada año, llega el 8 de marzo y el mundo entero se pone a hablar de las mujeres. De pronto, más del 50% de la población parece ser el foco de medios de comunicación, instituciones y redes sociales varias. Quién de nosotros no ha dado un ‘me gusta’ a una foto con frase célebre, a una reivindicación, a un dato significativo. Luego la vida sigue y ese 50% de la población vuelve a ser invisible, vuelve a soportar tener un salario más bajo, un trabajo menos cualificado, y ello a pesar de tener mayor formación y capacidades iguales para el liderazgo y la gestión. Otra vez vuelven a ser encerradas, maltratadas, sometidas y asesinadas. Y todo ello no solo en el llamado tercer mundo, ese que en nuestro imaginario aparece como el centro de todas las injusticias y barbaridades. También sucede y con igual virulencia aunque con mayor sutileza, en el llamado ‘primer mundo’, ese en el que nos movemos los que pensamos que somos más: más guapos, más dinámicos, más cultos o más avanzados; sin pensar que somos también menos: menos sabios, menos tolerantes, menos felices.

A pesar de no tener claro la validez de estas celebraciones basadas en el marketing y movidas por los medios sociales y políticos, me resisto a no aprovechar mi humilde tribuna para hablar en esta fecha, un día más, de autismo. Hoy tras el cristal rosa (¡viva el tópico!) de la mujer dentro del espectro del autismo.

Echar un vistazo a las cifras es escalofriante. Cuando hablamos de diversidad las mujeres salen claramente perdiendo, no solamente frente a sus homólogos masculinos sino frente a sus iguales de sexo femenino. Por posicionarnos, tomemos conciencia de que de la totalidad de las personas con discapacidad en nuestro país, el 60% son mujeres; esto es, 2,31 millones (Fuente INE 2008). No es desdeñable la cifra, a la que añadimos que un 31% ha sufrido o sufrirá algún tipo de maltrato físico o sexual a lo largo de su vida, frente a las tasas ya indignantes del 12,5% de mujeres sin discapacidad. Y el 24,5% sufrirá algún tipo de violencia psicológica frente al 14% en el caso de la población femenina sin diversidad. (Fuente: Informe sobre la violencia de género hacia las mujeres. CERMI 2017)

Por más abundar, hablemos de las otras ‘violencias’, aquellas que son abrumadoramente sufridas por mujeres discapacitadas. Estas son: la violencia económica, esa que se da cuando se impide a la persona administrar sus propios bienes y el producto de su trabajo remunerado, y la violencia de control, la que condena a la mujer con diversidad al entorno familiar, en el que se ‘aprovecha’ como mano de obra gratuita realizando tareas domésticas, cuidando de padres o familiares ancianos o incluso haciendo de niñera de sobrinos. Esa violencia que impide a la mujer con discapacidad insertarse en el entorno, trabajar, colaborar en su círculo social, participar en la vida de su comunidad, tener amores, parejas e hijos; y que no tiene empacho en usarla para eso mismo cuando le conviene y en aras de la protección y el cuidado. Estas violencias representan un 13,3% frente al 3,4% (económica) y un 23% frente al 15,1% (de control).

¿Qué sucede en el espectro autista? Aún hoy por hoy, casi 75 años después de empezar a hablar de autismo, nos encontramos en medio de un magma de cifras de prevalencia, definiciones de grado y calificaciones de discapacidad, a modo de cajón de sastre en el que es difícil por momentos encontrar a la mujer autista, caracterizarla para conocerla y sobre todo reconocerla y respetarla como ser humano, diverso y perfecto en su diversidad. Por razón de sesgo de género en el diagnóstico, la mujer queda fuera del radar de unos tests pensados para hombres y de unas evaluaciones basadas en las manifestaciones externas del autismo en niños y hombres. Por lo tanto, son infradiagnosticadas, ignoradas para la obtención de apoyos tempranos, olvidadas en su vida adulta. Y esto es grave. Es muy grave porque, no nos olvidemos, hablamos de una discapacidad relacionada con la comunicación social, con la interacción con el entorno, con la comprensión y la gestión de las emociones, ámbitos en los que tradicionalmente se asigna niveles más altos de participación a la mujer frente a su igual masculino.

Según el estudio realizado por Autismo Burgos, dentro del programa europeo Autism in pink, el 47% de las mujeres dentro del espectro del autismo tienen estudios superiores e incluso el 41% de ellas encuentran empleo. Sin embargo, más de la mitad (56%) manifiestan sentirse poco incluidas en su comunidad y solo el 27% está satisfecha con sus logros en la vida.

Me gustaría hablar hoy de mujeres autistas; de mujeres fuertes entre las fuertes, perseverantes, obstinadas, pasionales, intuitivas y justas (relación de características con las que se define la personalidad autista). Mujeres que realizan un agotador trabajo 24 horas al día, para estar en un mundo cuya organización social no comprenden, en el que con frecuencia son señaladas por no responder a estereotipos femeninos, por decir lo que piensan sin filtros sociales. En el que son perseguidas por defender la justicia, obsesiva, persistente, detalladamente (relación de características con las que se define la personalidad autista). Mujeres que se levantan cada mañana y miran retadoramente a la vida y que  llegan a la noche buscando un rincón en el que ser lo que son lejos de miradas de sospecha, en el que poder quitarse la ropa de moda que ‘duele’ cuando te roza, los tapones de los oídos que le han protegido del ruido de los entornos sociales, la sonrisa que casi nunca comprenden y que casi nunca retiran de su cara: un gesto más de relación social aprendido.

A menudo pienso cuánto tiempo más habrá de pasar para que esas mujeres (en torno a 100 mil en nuestro país si atendemos a las estadísticas más conservadoras) puedan estar en la sociedad sin que se les exija responder a patrones injustos de feminidad mal entendida.

Hoy, y mañana y pasado ser visible es el reto. Hoy, mañana y pasado, tiene que ser 8 de marzo; y en ello, junto a millones de mujeres distintas por cultura, por desarrollo, por personalidad, y perfectas por esencia, nos vamos a encontrar. En un perpetuo y celebrado 8 de marzo al que os invitamos, para celebrar simplemente, la diversidad.

No me chilles que no te veo

Me estoy acordando de una película de los años ochenta del pasado siglo, que bajo el título No me chilles que no te veo contaba en clave de humor las peripecias de dos hombres, uno era ciegofoto-ciegos-y-sordos y el otro sordo, que por circunstancias del destino no tenían más remedio que entenderse y colaborar. Al margen de la broma, hoy me ha venido a la cabeza el título porque de algún modo refleja lo que nos sucede a las personas con síndrome de asperger (autismo nivel 1) cuando intentamos vivir de forma normalizada, que yo llamaría de forma camuflada, en una sociedad que no comprende que bajo un aspecto físico de normalidad se esconda una dificultad para entender a los demás y para hacerse entender por ellos.

Hablaría de frustración, hablaría de angustia, y hablaría al fin de tristeza. La persona pasa de un nivel a otro conforme se hace más importante el interés por comunicar, y conforme es más sensible la pérdida de relaciones sociales, emocionales o familiares. Y por último se concluye con frecuencia en la soledad y la desesperanza. Uno sabe que esto es así y uno sabe en tu fuero interno que esto no va a cambiar. Hay una razón para ello, al menos desde mi punto de vista: porque el interlocutor no cree que tengas dificultades.

Antes de seguir con mi escrito quiero perfilar que me estoy refiriendo a personas con asperger que aparentemente llevan una vida normal y de las que poca gente diría que tienen un TEA. La infancia quedó atrás, han accedido a la vida laboral y muchos tienen familia propia. Personas a las que sus parejas no creen, a las que sus hijos rechazan o a las que sus compañeros y jefes aíslan porque no han logrado entenderse. Personas, en fin que sufren muchas veces sin entender por qué ni para qué.

Recuerdo que, en mi juventud lejana, escuché en muchas aulas el consabido discurso de que el emisor del mensaje ha de asegurarse de que se ha entendido lo que se ha querido decir, y que es su responsabilidad comprobarlo. Ya saben, esto de que no se debe decir: no me estás entendiendo, sino no me estoy explicando. Por eso intento, obsesivamente, explicar qué he querido decir, cuando la comunicación se tuerce. Y además lo ilustro explicando mis sentimientos, y me enredo en un bucle de explicaciones. Debo decir que con frecuencia esto es peor porque todo se hace aún más farragoso y el interlocutor se pierde, con la mutua frustración añadida.

Dicho lo cual, quería hablar hoy de sentimientos. De la soledad que se siente cuando ves que dices algo, para ti importante, y que se malinterpreta. En ese momento tienes miedo a herir,  o a ser herido. A veces, ese miedo se convierte en realidad, en pérdida de relaciones, de amores o de amigos. Y te quedas solo, en medio de una nada emocional. Sufriendo, simplemente sufriendo.

No eres ni más listo ni más tonto que otro, ni más sordo ni más ciego que cualquiera, ¿o sí? Me pregunto: ¿cómo conseguir que un sordo se entienda con alguien que no oye y que no puede verle? ¿cómo conseguir que un ciego responda a gestos de alguien a quien no puede ver y que no le oye cuando le habla? Se me ocurre que nos quedan dos posibilidades: el tacto y el amor. El tacto como cercanía y contacto, tanto como ejercicio de la comprensión, la paciencia y la tolerancia; y el amor como amistad, cariño y complicidad.

Tal vez alguien pueda dar fórmulas mágicas. Yo, desde mi fracaso continuado de años, no puedo concluir más que en repetir que esto duele. Duele en el alma y hasta en el cuerpo, te deja solo, te priva de amigos, amores y familia. Y cansa tanto vivir detrás de esta pared de cristal…..

Quiero dedicar esta entrada a mi hijo Carlos que siempre me tranquiliza cuando me complico en la comunicación. El me dice que es difícil a veces entender qué cosas digo, por qué las digo y cuando las digo; sien embargo me consuela cuando me dice: ‘Mamá los que te conocemos ya te entendemos, tú eres así’ 

Carmen Molina

 

No le hables de empatía a quien no has mirado a los ojos

la pared de cristal

Nota de la autora: No está dedicado este post a quienes conocen, viven y trabajan a favor del autismo y en apoyo de la inclusión y el respeto a los derechos de las personas autistas. A ellos, abrazo virtualmente cada día. Dirijo mis palabras a los profesores que miran a otro lado y tachan de cosas de críos las burlas ante el niño que es diferentes, a los empleadores que se asustan cuando dices yo soy autista, y piensan que ya eres un ser menos valido, a los familiares que ante un niño, un adolescente o un adulto asperger o TEA se miran con consternación y piensan que no llegará a nada en la vida, también a las parejas de quienes siendo diferentes aman también, de forma diferente, a los jueces que nos consideran personas no creíbles cuando defendemos nuestros derechos, a los profesionales de la sanidad que se empeñan en que el nuestro es un problema de salud mental y nos neutralizan con medicamentos que destruyen nuestra alma y nuestro cuerpo. Dedico este post, en fin, a la sociedad en general. Por eso te pido que lo difundas tanto como puedas, porque queremos ser visibles y por tanto respetados y queridos.


Yo soy una persona asperger. Esto lo saben los lectores habituales de este blog. Lo que no sé si he comentado suficientemente es que, tal y como opina la doctora Temple Grandin, si me dijeran que mañana que podría dejar de ser asperger, me negaría a ello porque entonces dejaría de ser yo misma.

Debo tener bastante acusado el gen rebelde que configura nuestro cerebro asperger, o debo ser ya demasiado mayor como para haber comprendido que seas como seas, intentes aprender habilidades sociales o no, enmascares más o menos tu condición neurológica, al final siempre serás diferente. Simplemente porque lo eres.

Ser diferente no debería ser problema porque es algo natural, la base de la evolución de todos los seres está basada en la diferencia, en las mutaciones adaptativas. Sin embargo sí lo es cuando se trata de  los seres humanos. El llamado rey de la creación, no solo está acabando con todo lo que le rodea sino que, en contra de lo que cabría esperar de su mayor capacidad intelectual, tiende a eliminar a los de su especie cuando descuadran sus patrones generales. Busca encapsular, ignorar, no tener en cuenta como individuo pleno a quien,  por cualquier causa, no se parece a sí mismo y los suyos.

Panorama difícil para quienes, parecer ser, hemos nacido en el planeta equivocado. Y si sólo tuviéramos  que luchar por la supervivencia, no estaría mal. Lo malo es que para colmo, nos responsabilizan de nuestros aislamientos, alegando simplemente, que no queremos entender  a los demás: o lo que es lo mismo, que no tenemos empatía.

Empatía, según el diccionario de la RAE es la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro.  

  • Vaya señores, yo llevo más de medio siglo transitando por este mundo nuestro y no he conocido a nadie, repito: a nadie, que se haya identificado ni mental ni afectivamente con mi estado de ánimo.

Lo que sí he oído hasta el vómito son las siguientes frases.

  • Tienes que ser cómo los demás
  • Cambia tu comportamiento porque molesta a los demás
  • Finge para no ofender a los demás
  • No hagas, no digas, no seas como eres

Y muchas veces he sido social, he estudiado lo que llamáis habilidades sociales y de las que decís que carecemos, he callado (que no mentido) para no ofender a quienes no gustan de escuchar la opinión de otros. Todo ello con resultados agridulces; porque a menudo los demás no sufrían por mi causa, pero yo sí sufría por la suya. Sufría hasta llegar a enfermar.  Nunca nadie me preguntó por mi cansancio al final del día tras haber estado fingiendo durante horas; escuchando sus conversaciones vacías durante horas, sólo porque las ‘relaciones sociales’ son así. Nadie se preocupaba de mi soledad cuando me rechazaban o de mi necesidad de afecto y comprensión.

Nadie me ha mirado a los ojos y me ha dicho nunca:

¿cómo te sientes? – y se ha parado a escuchar mi respuesta.

Ah, claro, olvidaba que los autistas no tenemos sentimientos, que nos encerramos voluntariamente en un mundo aislado, y somos tan egoístas como para no desear participar en la sociedad…

Olvidaba que sólo pensamos en nosotros, que no queremos tener una comunidad, que no miramos a los ojos porque no prestamos atención, que contestamos sinceramente porque somos insolentes…

Tantos y tantos tópicos más que debemos romper cada día, a cada hora, todos los días de nuestra vida.

Esto, amigo llamado normal, que me lees hoy,  es muy cansado, provoca desánimo, a veces depresión, a veces nos lleva al suicidio.

Mírame a los ojos. Ponte en mi lugar. Sal a la calle. Imagina.  Hablas y no te entienden. Intentas explicar y te insultan. Se ríen de ti y tú no sabes por qué. Cuando pides ayuda, te dicen que no molestes. Cuando te callas para no molestar te dicen que no sabes estar en sociedad. Cuidas de tus personas amadas para demostrarles que las quieres y te dicen que eso no es querer. Te tachan de egoísta porque acabas yendo a lo tuyo; pero no te dejan participar en lo de los demás.

Y al final, cuando ya no puedes más, cuando te has cansado de intentar derribar el muro de cristal tras el que te han colocado, escuchas por enésima vez la frase

Es que no tienes ni pizca de empatía – y rompes, por dentro, a llorar